Esta tarde en Montevideo, en que el sol por fin se expresa primaveral y las copas de los árboles están quietas, concentradas en absorber toda la luz y el calor antes de que caiga la noche, quiero celebrar tres inventos.
El primero es el teléfono. Yo soy de las que aún no entiende cómo la voz se puede transmitir instantáneamente allende los mares. Es absolutamente mágico para mí y me recreo en la historia que me contaba la tía Angelita de su mamá, que cuando la llamaban al teléfono se iba a empolvar la cara, pensando que si la podían oír, por qué no la iban a poder ver. Bueno, ese invento mágico me dio la oportunidad hoy de hablar con Marta en Madrid. Me sorprendió lo animada que la encontré, aunque se queda sin aliento con frecuencia. Está luchando contra su enfermedad, haciendo todos los tratamientos y tomándose un día a la vez. Y por supuesto preocupándose de sus nietas, a algunas de las cuales les deben de haber picado las orejas.
El segundo es el avión. Otro inexplicable fruto de la pura magia que permite que una máquina gigantesca llena de gente y equipaje pueda no solo sostenerse en el aire sino llevarlo a uno al otro lado del mundo en unas incómodas y ruidosas horas. Ese invento me permitirá visitar a Marta a fin de mes, luego de pasar una semana en Paris con Jesús, que va a hacer una presentación en una conferencia sobre educación. Poder ir a la ciudad más bella que conozco, de vacaciones inmerecidas, y después ir a acompañar unos días a una persona que quiero mucho, me hace muy feliz.
El tercer invento sé exactamente cómo se hace. Es el licuado multifrutas en agua. Ahí está dicho todo, pero su fórmula no captura la delicia del producto final, que es mucho mejor que la suma de sus partes. He desarrollado una dependencia al licuado multifrutas en agua. Para disimular mi adicción, voy a tres diferentes lugares a pedirlo, para que no me vean muy seguido en ninguno. Además me he impuesto que sólo lo puedo tomar justo después de entrenar natación, y es lo único que pido. Lo tomo ya sea en Café Martinez (U$85), Porto Vanila ($95), o La Pasiva (U$125). El del Martinez es un vaso normal, el de Porto Vanila es un vaso tamaño milkshake, y el de La Pasiva es una jarra con un vaso. Hoy fui a La Pasiva.