La natación es un deporte extraordinario. Uno está inmerso en un elemento donde no es posible respirar. Si dejas de moverte te hundes. Es preciso controlar simultáneamente muchos músculos del cuerpo para poder desplazarte de la manera más eficiente posible y dosificar el aire y la energía para cubrir la distancia acordada. Cuando compites conoces el límite de tus fuerzas mientras tu cerebro te grita que estás cansado, que te duele todo, que no tienes suficiente aire, y tú ignoras esos gritos y te esfuerzas un poco más, mientras con la mirada periférica ubicas a tus rivales sin perder la posición de la cabeza y la esperanza de alcanzarlas o no dejarte alcanzar.
De todas las experiencias que viví este fin de semana, que creo que van a tomar varios capítulos, lo que más me conmovió fue ver nadar por primera vez a mi entrenador, Mauricio Zuasnabar. No fue por el hecho de que ganó todas sus pruebas, ni porque yo sabía que no había entrenado para el campeonato, sino porque la precisión, prolijidad y belleza de sus movimientos en el agua daban la impresión de que nadaba despacio y sin hacer esfuerzo, que el agua se abría para dejarlo pasar, mientras iba dejando atrás a todos sus competidores. Vi otros nadadores master excelentes, algunos de ellos fueron a olimpiadas y mundiales, pero en ellos aprecié la potencia, la garra, el talento. Mauricio nadando me hizo recordar el testimonio de mi papá cuando vio nadar en Guayaquil al extraordinario nadador japonés Hironoshin Furuhashi en los años 50. Es una historia que a mí me ha rondado la cabeza los últimos 38 años desde que la escuché por primera vez. Ahora yo tengo mi propio testimonio de un nadador cuyo dominio de la técnica lo convierte en un artista digno de ser visto y recordado.
El corolario es que ahora pondré muchísima más atención a cada indicación que me haga Mauricio, porque mi sueño es nadar como él!