Al primer ladrón lo vi en plena rambla en hora pico. Yo estaba esperando que la luz se ponga verde para sacar el pie del freno cuando vi que J se agitó. Yo al ladrón lo vi unos segundos, quizás él me miró también, y mientras mi carro aceleraba, el ladrón pasó por detrás, toreando el tráfico. Había estado a punto de romperle la ventanilla de atrás al auto que estaba al lado del nuestro. J vio todo. La conductora y casi víctima nunca se enteró de la que se salvó porque la luz se puso en verde en el momento crucial. Desde entonces intento estar más al tanto de lo que pasa en la calle, especialmente cuando estoy parada en un semáforo. Una suele asilarse del mundo cuando está dentro del auto con las ventanas cerradas y Gardel cantando a todo pulmón por la radio.
Hoy salíamos de la Pulpería, J, A y yo. Nos encaminábamos hacia al departamento cuando escuchamos a un hombre gritando: paren al ladrón. El ladrón, un flaco con zapatos deportivos, corría con gran zancada, la víctima y su amigo corría detrás. Venían los tres directamente hacia nosotros. La víctima nos increpó. No se queden ahí parados, por favor ayúdenme. Nosotros nos quedamos paralizados. A tres metros de nosotros el ladrón lanzó un celular cambió ligeramente el rumbo para evitarnos y siguió su carrera. La víctima recogió su teléfono y regresó con el amigo por donde había venido. A nosotros nos dio risa. Risa nerviosa por nuestros reflejos lentos, nuestra renuencia a involucrarnos, nuestra pequeña cobardía. No todos tenemos madera de héroes.
sábado, 21 de diciembre de 2013
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Pancho el Cuida Coches
Ayer cuando salía del club, Pancho hizo señas para preguntarme desde la vereda del frente: Maria, dónde dejaste el mini?. Pancho es el que cuida los carros afuera del club. En el escalafón social uruguayo, los cuida coches están solo arriba de los mendigos y de los que minan la basura y se llevan su botín en carretas tiradas por un caballo flaco.
Yo muy de vez en cuando llevo el coche al club. Prefiero caminar desde el departamento, porque así agrego 1 km y pico de ida y vuelta y me sirve de calentamiento muscular antes de meterme a la pileta.
Yo muy de vez en cuando llevo el coche al club. Prefiero caminar desde el departamento, porque así agrego 1 km y pico de ida y vuelta y me sirve de calentamiento muscular antes de meterme a la pileta.
Frutas y otros Comestibles
Me causó gracia la semana pasada cuando mi mamá me preguntaba si había por acá alguna fruta de estación, similar a lo que pasa en Chile con algunas frutas que están disponibles solo en micro-temporadas.
Mi mamá no entiende Uruguay. Y no tiene por qué entenderlo, no creo que haya estado acá más de un día o dos en su vida. Uruguay no es lugar de sutilezas. No hace falta más que una visita a un supermercado y una comida en un restaurante para verificarlo. Acá las frutas disponibles son las misma que se encuentran en los libros que lee Charlie Pardo: manzana, naranja, banana, ciruela. Y solo hay una clase de manzana, naranja, banana, ciruela. Ahora en primavera, hay duraznos. Una montaña de duraznos, todos iguales. En los restaurantes hay carne, pollo, pescado. Generalmente con papas fritas (se les dice solo fritas, y siempre son iguales de deliciosas). Hay pasta también. Y el pescado es pescado, blanco, sin identidad, ya sea apanado, a la marinera (enharinado y frito) o grillado (así se dice). Ensalada es sin temor a equivocarse, mixta de lechuga tomate y cebolla. Un sánduche comprende triángulos de pan blanco con una loncha de jamón y una de queso.
En el único rubro alimentario donde hay variedad es en las tartas (hay tanta variedad que algunas personas le dicen tartas y otras tortas). La tarta es un quiche sobre una masa. En los contenidos de las tartas es donde se aplica la creatividad oriental. De zapallitos, de verduras mixtas, de cebolla, de brócoli, de cualquier cosa. Me imagino que no todas son vegetarianas, especialmente acá donde le meten jamón y panceta a todo, como si creciera en los árboles (panceta le dicen al tocino). Otra área de variedad culinaria son las empanadas. Si se les ocurre algo que se pueda meter dentro de una masa para convertirla en empanada estará a la venta. Y el premio se lo lleva el Chivito, que es el equivalente oriental de la hamburguesa: un emparedado que además de un pedazo de lomo frito de res tiene todo lo que les entre entre dos panes. Es como una explosión volcánica de comida. A mi me intimida tanto el chivito que nunca lo he probado.
Cuando la gente sale a comer, la opción es carne o italiano. O La Pasiva. Creo que ya les conté de La Pasiva, un emporio de la comida, cuya variada y voluminosa carta es el orgullo del pueblo uruguayo. J y yo (y todos los uruguayos) tenemos a la pasiva como default. Está en todos lados, tiene unos comedores con muchas mesas así que siempre hay puesto, y es último en cerrar. Los otros restaurantes tienen horarios rarísimos y es común encontrarlo cerrado cuando uno tiene hambre. No así La Pasiva. Yo a veces voy sola y me siento en la barra, donde puedo supervisar cómo fríen mi pescado y preparan mi licuado de naranja y durazno de lata (nectar de los dioses).
Así que la respuesta es no, no hay delicadas frutas para degustar, ni gastronomía creativa, ni infinita variedad de nada. Acá cada uno tiene un puñado de lugares donde va siempre y ya sabe qué va a pedir en cada uno. Uno de los nuestros se llama Bar Lobo. Queda a tres cuadras de la casa y conocemos a todos los que trabajan allí. Saludamos con beso y nos contamos cosas. Ya saben que L pide el ceviche (actualmente es ceviche con durazno, pero cuando se acabe la temporada de duraznos...), que J siempre se decide por asado de tira jugoso y que yo no voy a querer el margarita que me prepara Lucia, la administradora y barwoman. Ismael, el sommelier, ya sabe los vinos que me gustan y siempre hablamos de Peñarol. Manuel, uno de los meseros, me dijo la otra noche que por supuesto que nos encontraban mesa aunque estaba el lugar reventando de gente: ustedes son de la casa, fue lo que dijo. Considero que esto compensa la falta de sofisticación culinaria y variedad de productos exóticos.
Mi mamá no entiende Uruguay. Y no tiene por qué entenderlo, no creo que haya estado acá más de un día o dos en su vida. Uruguay no es lugar de sutilezas. No hace falta más que una visita a un supermercado y una comida en un restaurante para verificarlo. Acá las frutas disponibles son las misma que se encuentran en los libros que lee Charlie Pardo: manzana, naranja, banana, ciruela. Y solo hay una clase de manzana, naranja, banana, ciruela. Ahora en primavera, hay duraznos. Una montaña de duraznos, todos iguales. En los restaurantes hay carne, pollo, pescado. Generalmente con papas fritas (se les dice solo fritas, y siempre son iguales de deliciosas). Hay pasta también. Y el pescado es pescado, blanco, sin identidad, ya sea apanado, a la marinera (enharinado y frito) o grillado (así se dice). Ensalada es sin temor a equivocarse, mixta de lechuga tomate y cebolla. Un sánduche comprende triángulos de pan blanco con una loncha de jamón y una de queso.
En el único rubro alimentario donde hay variedad es en las tartas (hay tanta variedad que algunas personas le dicen tartas y otras tortas). La tarta es un quiche sobre una masa. En los contenidos de las tartas es donde se aplica la creatividad oriental. De zapallitos, de verduras mixtas, de cebolla, de brócoli, de cualquier cosa. Me imagino que no todas son vegetarianas, especialmente acá donde le meten jamón y panceta a todo, como si creciera en los árboles (panceta le dicen al tocino). Otra área de variedad culinaria son las empanadas. Si se les ocurre algo que se pueda meter dentro de una masa para convertirla en empanada estará a la venta. Y el premio se lo lleva el Chivito, que es el equivalente oriental de la hamburguesa: un emparedado que además de un pedazo de lomo frito de res tiene todo lo que les entre entre dos panes. Es como una explosión volcánica de comida. A mi me intimida tanto el chivito que nunca lo he probado.
Cuando la gente sale a comer, la opción es carne o italiano. O La Pasiva. Creo que ya les conté de La Pasiva, un emporio de la comida, cuya variada y voluminosa carta es el orgullo del pueblo uruguayo. J y yo (y todos los uruguayos) tenemos a la pasiva como default. Está en todos lados, tiene unos comedores con muchas mesas así que siempre hay puesto, y es último en cerrar. Los otros restaurantes tienen horarios rarísimos y es común encontrarlo cerrado cuando uno tiene hambre. No así La Pasiva. Yo a veces voy sola y me siento en la barra, donde puedo supervisar cómo fríen mi pescado y preparan mi licuado de naranja y durazno de lata (nectar de los dioses).
Así que la respuesta es no, no hay delicadas frutas para degustar, ni gastronomía creativa, ni infinita variedad de nada. Acá cada uno tiene un puñado de lugares donde va siempre y ya sabe qué va a pedir en cada uno. Uno de los nuestros se llama Bar Lobo. Queda a tres cuadras de la casa y conocemos a todos los que trabajan allí. Saludamos con beso y nos contamos cosas. Ya saben que L pide el ceviche (actualmente es ceviche con durazno, pero cuando se acabe la temporada de duraznos...), que J siempre se decide por asado de tira jugoso y que yo no voy a querer el margarita que me prepara Lucia, la administradora y barwoman. Ismael, el sommelier, ya sabe los vinos que me gustan y siempre hablamos de Peñarol. Manuel, uno de los meseros, me dijo la otra noche que por supuesto que nos encontraban mesa aunque estaba el lugar reventando de gente: ustedes son de la casa, fue lo que dijo. Considero que esto compensa la falta de sofisticación culinaria y variedad de productos exóticos.
In Love with Shakespeare
Este relato no pertenece en este blog, porque no tiene nada que ver con Montevideo, excepto que Shakespeare es mi actual obsesión. Así que le dedico a Shakespeare horas de lectura y reflexión que le quito a las aventuras que podría estar viviendo por la ciudad.
Aparte de esta actividad programada y estructurada hasta abril de 2016, esta semana tuve dos encuentros extracurriculares con Shakespeare. El primero fue cuando dándole vueltas a los canales de la tele me encontré con una de las primera escenas de Shakespeare in Love. Hace muchísimos años que no la veía y me sorprendió cuánto he aprendido sobre la vida y obra de Shakespeare en estos últimos dos años. Entendí innumerables referencias insertadas para el goce de expertos. Me quedé con la sensación de que hay otra montaña de chistes que solo entenderé cuando haya terminado este ciclo y me queda una cita pendiente con la película para entonces.
Mi segundo momento de nostalgia Shakespeareana fue la noticia de la muerte de Peter O'Toole. Aparte de recrearme en lo bello que era cuando hizo Lawrence de Arabia (ustedes saben que mi pecado es la estética), recordé una entrevista que le hizo una periodista de ATC de NPR hace unos años, cuando estaba promocionando su película Venus. Aparte de las historias y anécdotas de su vida, contadas con profunda inteligencia y sensibilidad, no sé por qué salió que siempre tenía a su lado los sonetos de Shakespeare, que los leía todo el tiempo y que incluso ya se los sabía de memoria, porque eran los compañeros de su vida.
Aparte de esta actividad programada y estructurada hasta abril de 2016, esta semana tuve dos encuentros extracurriculares con Shakespeare. El primero fue cuando dándole vueltas a los canales de la tele me encontré con una de las primera escenas de Shakespeare in Love. Hace muchísimos años que no la veía y me sorprendió cuánto he aprendido sobre la vida y obra de Shakespeare en estos últimos dos años. Entendí innumerables referencias insertadas para el goce de expertos. Me quedé con la sensación de que hay otra montaña de chistes que solo entenderé cuando haya terminado este ciclo y me queda una cita pendiente con la película para entonces.
Mi segundo momento de nostalgia Shakespeareana fue la noticia de la muerte de Peter O'Toole. Aparte de recrearme en lo bello que era cuando hizo Lawrence de Arabia (ustedes saben que mi pecado es la estética), recordé una entrevista que le hizo una periodista de ATC de NPR hace unos años, cuando estaba promocionando su película Venus. Aparte de las historias y anécdotas de su vida, contadas con profunda inteligencia y sensibilidad, no sé por qué salió que siempre tenía a su lado los sonetos de Shakespeare, que los leía todo el tiempo y que incluso ya se los sabía de memoria, porque eran los compañeros de su vida.
martes, 17 de diciembre de 2013
Calor
Me enteré por mi mamá que hay una ola de calor en Montevideo. Como yo detesto tanto el frio y la oscuridad del invierno, trato de disfrutar a plenitud el verano, alegrándome de cada grado que escala el termómetro y mandando a callar a quien sea que comienza a quejarse que que hace mucho calor.
Recién hace dos noches sentí un bochorno asfixiante mientras dormía. Cosa rara, no había ni un poquito de brisa, acá donde los vientos del sur aúllan a cualquier hora. J, que es una persona maravillosa y comparado conmigo, que soy un manojo de neurosis, tiene pocos temas, detesta el aire acondicionado y ni siquiera tolera el ventilador. Así que estoy acostumbrada a dormir con calor. Calor de Washington en Agosto, Calor de Santa Marta, Calor de cualquier lado.
En Washington tenía un ventilador silencioso y discreto que sacaba de su escondite de vez en cuando y tenía que colocar en un ángulo preciso para que a J no le llegue ni un soplidito de viento. Ese ventilador se lo regalé a alguien antes de venir. Espero que le sirva, pues yo lo extraño mucho y debí de haberlo traído (también extraño mi aspiradora Dyson, pero ese es otra historia para el blog).
Hoy fui al shopping dispuesta a comprar un ventilador, pensando que el verdadero verano recién comienza oficialmente la próxima semana y que estos próximos tres meses pueden ser dantescos. Anoche se agotaron los ventiladores. En todas las tiendas. Todos los montevideanos pensaron lo mismo que yo y corrieron a comprarse los ventiladores en stock. Pa! (como dicen acá para expresar sorpresas desagradables). Un vendedor me dijo que todo el día esperaban un camión con más ventiladores, pero que vaya después de las 20 horas a ver si llegaba. En otra tienda vendían un aparato intrigante: un híbrido entre ventilador y acondicionador, que funciona con agua y que se pone dentro de la habitación a enfriar, pero que tiene que colocarse delante de una ventana abierta para que salga el aire caliente que echa por detrás. No me convenció. Además no había uno de muestra, así que no podía evaluar cuánto ruido hace, para ver si el heredero del oído de Mozart lo iba a permitir. Porque aparte de temerle al chiflón, a J el ruido que hace cualquier aparato le parece insoportable.
Así que tengo la ventana de la habitación lo suficientemente abierta para que entre alguna brisa compasiva pero no lo suficiente para invitar a pasar a esas palomas gordas que pululan por estos lares. Ya he oído a Annabelle informarme muchas veces que los únicos seres que vuelan de noche son los murciélagos, pero como no tengo frutas en la cama, a menos que aparezca un vampiro, no creo que corra riesgos.
El jueves regresa J de Punta. Se fue con A a recibir la casa que hemos alquilado esta segunda quincena de diciembre para pasar navidad allá. El sábado nos vamos todos, incluidos unos sobrinos de J que vienen de visita. Hago votos porque la brisa en Punta esté alborotada.
Recién hace dos noches sentí un bochorno asfixiante mientras dormía. Cosa rara, no había ni un poquito de brisa, acá donde los vientos del sur aúllan a cualquier hora. J, que es una persona maravillosa y comparado conmigo, que soy un manojo de neurosis, tiene pocos temas, detesta el aire acondicionado y ni siquiera tolera el ventilador. Así que estoy acostumbrada a dormir con calor. Calor de Washington en Agosto, Calor de Santa Marta, Calor de cualquier lado.
En Washington tenía un ventilador silencioso y discreto que sacaba de su escondite de vez en cuando y tenía que colocar en un ángulo preciso para que a J no le llegue ni un soplidito de viento. Ese ventilador se lo regalé a alguien antes de venir. Espero que le sirva, pues yo lo extraño mucho y debí de haberlo traído (también extraño mi aspiradora Dyson, pero ese es otra historia para el blog).
Hoy fui al shopping dispuesta a comprar un ventilador, pensando que el verdadero verano recién comienza oficialmente la próxima semana y que estos próximos tres meses pueden ser dantescos. Anoche se agotaron los ventiladores. En todas las tiendas. Todos los montevideanos pensaron lo mismo que yo y corrieron a comprarse los ventiladores en stock. Pa! (como dicen acá para expresar sorpresas desagradables). Un vendedor me dijo que todo el día esperaban un camión con más ventiladores, pero que vaya después de las 20 horas a ver si llegaba. En otra tienda vendían un aparato intrigante: un híbrido entre ventilador y acondicionador, que funciona con agua y que se pone dentro de la habitación a enfriar, pero que tiene que colocarse delante de una ventana abierta para que salga el aire caliente que echa por detrás. No me convenció. Además no había uno de muestra, así que no podía evaluar cuánto ruido hace, para ver si el heredero del oído de Mozart lo iba a permitir. Porque aparte de temerle al chiflón, a J el ruido que hace cualquier aparato le parece insoportable.
Así que tengo la ventana de la habitación lo suficientemente abierta para que entre alguna brisa compasiva pero no lo suficiente para invitar a pasar a esas palomas gordas que pululan por estos lares. Ya he oído a Annabelle informarme muchas veces que los únicos seres que vuelan de noche son los murciélagos, pero como no tengo frutas en la cama, a menos que aparezca un vampiro, no creo que corra riesgos.
El jueves regresa J de Punta. Se fue con A a recibir la casa que hemos alquilado esta segunda quincena de diciembre para pasar navidad allá. El sábado nos vamos todos, incluidos unos sobrinos de J que vienen de visita. Hago votos porque la brisa en Punta esté alborotada.
Decantares
Anoche me fui con Daniela, mi compañera de natación, a escuchar un concierto de coro. Resultó muy diferente de lo que me imaginaba, que eran temas navideños y quizás algún número del Mesías de Handel.
La ubicación del recital debió servirme de pista. Fue en la cripta de la Iglesia de San Francisco. Un lugar con una acústica inmejorable por los techos abovedados y la ausencia de puertas o ventanas. La música elegida era triste y sombría, casi todo en latín, alemán o italiano, con alguna pieza de un requiem, un paternoster y el número final fue nada menos que Oh Shenandoah, que es muy linda pero como para cortarse la venas.
El coro se llama Decantares y tiene una historia interesante. Lo fundó hace unos seis años un profesor de música del Colegio Alemán local, que tendría muchas ganas de tener coro profesional propio, porque también es profesor de alemán y de matemáticas, aparte de director musical del colegio. De un coro de padres de familia eligió a las 12 mejores voces y formó Decantares, que fue el coro elegido para representar a Uruguay en el primer concierto de coros que se presentaba en el Teatro Solís en 30 años.
Las piezas eran bellísimas y la interpretación impecable. Hubo dos solos, uno de una soprano joven con una voz angelical y uno del director, que es un tenor lírico excelente. El público era mitad germánico (entre los apellidos de los coristas: Müssnich, Nordmann, Mosler, Kutscher, Tüllman, Brinckhaus), mitad uruguayo.
La noche fue histórica porque era la última presentación de este coro de cámara. El director, Michael Cordes, se regresa a Alemania en estos días. Al final del concierto hubo abrazos y lágrimas y tanta desazón que no hubo quién me venda un CD del grupo que el director había promocionado durante el concierto y que estaban en unas cajas abiertas al alcance de cualquier amigo de lo ajeno.
Michael Cordes me dejó con la boca abierta. No solo por su voz exquisita, sino porque en otra pieza tocaba unos solos con una flauta dulce, en alguna otra dirigió mientras cantaba en el coro y estoy segura de que si hubiera tenido otro par de manos, también hubiera tocado el piano que acompañaba al coro. Su pasión desmedida por la música que hace con este coro lo hacía parecer incandescente. Creo que tiene unos 40 años, quién sabe si menos y me hubiera gustado saber si es soltero, porque me parece el alma gemela de la Adriana.
Durante el concierto pensaba que hay personas que para alcanzar la paz espiritual necesitan hacer yoga o meditar. Pamplinas! Escuchando música clásica en vivo es posible sentir una calma que vacía la mente de inquietudes y el pecho de angustias. Y cuando se trata de la voz humana en armonía, quien se abandona a escucharla puede llegar al estado de felicidad total.
La ubicación del recital debió servirme de pista. Fue en la cripta de la Iglesia de San Francisco. Un lugar con una acústica inmejorable por los techos abovedados y la ausencia de puertas o ventanas. La música elegida era triste y sombría, casi todo en latín, alemán o italiano, con alguna pieza de un requiem, un paternoster y el número final fue nada menos que Oh Shenandoah, que es muy linda pero como para cortarse la venas.
El coro se llama Decantares y tiene una historia interesante. Lo fundó hace unos seis años un profesor de música del Colegio Alemán local, que tendría muchas ganas de tener coro profesional propio, porque también es profesor de alemán y de matemáticas, aparte de director musical del colegio. De un coro de padres de familia eligió a las 12 mejores voces y formó Decantares, que fue el coro elegido para representar a Uruguay en el primer concierto de coros que se presentaba en el Teatro Solís en 30 años.
Las piezas eran bellísimas y la interpretación impecable. Hubo dos solos, uno de una soprano joven con una voz angelical y uno del director, que es un tenor lírico excelente. El público era mitad germánico (entre los apellidos de los coristas: Müssnich, Nordmann, Mosler, Kutscher, Tüllman, Brinckhaus), mitad uruguayo.
La noche fue histórica porque era la última presentación de este coro de cámara. El director, Michael Cordes, se regresa a Alemania en estos días. Al final del concierto hubo abrazos y lágrimas y tanta desazón que no hubo quién me venda un CD del grupo que el director había promocionado durante el concierto y que estaban en unas cajas abiertas al alcance de cualquier amigo de lo ajeno.
Michael Cordes me dejó con la boca abierta. No solo por su voz exquisita, sino porque en otra pieza tocaba unos solos con una flauta dulce, en alguna otra dirigió mientras cantaba en el coro y estoy segura de que si hubiera tenido otro par de manos, también hubiera tocado el piano que acompañaba al coro. Su pasión desmedida por la música que hace con este coro lo hacía parecer incandescente. Creo que tiene unos 40 años, quién sabe si menos y me hubiera gustado saber si es soltero, porque me parece el alma gemela de la Adriana.
Durante el concierto pensaba que hay personas que para alcanzar la paz espiritual necesitan hacer yoga o meditar. Pamplinas! Escuchando música clásica en vivo es posible sentir una calma que vacía la mente de inquietudes y el pecho de angustias. Y cuando se trata de la voz humana en armonía, quien se abandona a escucharla puede llegar al estado de felicidad total.
Los Sosa
Vivo en la calle Julio Maria Sosa. He escuchado a más de una persona decir que es la calle más linda de Montevideo. Es una calle que en sus tres cuadras de extensión tiene un parterre precioso con palmas, pasto y postes de luz ornamentales. De un lado de la calle está el club de golf, del otro, una retahíla de edificios de vivienda. No hay un solo local comercial ni es ruta de autobuses, por eso es tranquila; y además le llega una brisa muy agradable que comienza marina y se cuela por las copas de los árboles de la cancha de golf.
A diferencia de los nombres de otras calles de la ciudad, no me entró curiosidad de averiguar quién fue Julio Maria, hasta que en mi radio tanguera escuché al presentador anunciar que el tango que acababa de concluir era interpretado por "el varón del tango: Julio Sosa." Este apodo me causó hilaridad y secretamente desee que fuera el mismo Julio Sosa de mi calle. No pudo ser. Julio Maria fue un político del partido colorado que en alguna pelea se escindió del coloradismo para formar el Partido Colorado por la Tradición. Pésimo nombre, aunque pueda que sus intenciones hayan sido las de volver a las raíces del coloradismo, que es el liberalismo puro, en su época la opción política progresista.
La biografía de don Julio Maria toma un giro más interesante porque fue presidente de Peñarol entre 1921 y 1928. Su gestión en el club fue extraordinaria: causó una crisis en el fútbol uruguayo cuando Peñarol, entonces amateur, jugó un partido amistoso internacional contra Racing de Avellaneda, seguramente sin autorización de la Asociación, de la cual fue expulsado, por lo que don Julio Maria formó la Federación y continuó ganando campeonatos a diestra y siniestra, y organizó la primera gira de Peñarol por Europa, lo que podría haber sido la semilla para el primer mundial de fútbol, que fue dónde? En Uruguay!
Sosa dejó la presidencia de Peñarol en 1928 y salió muy bien, pues lo nombraron primer presidente honorario del club. Cabe la posibilidad de que se haya lanzado de cabeza a organizar el mundial del 30 y la milagrosa construcción del Estadio Centenario, que se hizo en solo 9 meses. Si estas especulaciones son ciertas, no les llamará la atención conocer que don Julio Maria falleció en 1931, un hombre joven a los 52 años. Sigo con mi fantasía y declaro que Sosa murió de agotamiento, pero feliz de haber gestionado eventos deportivos tan trascendentales.
Para terminar, debo reportar que el varón del tango murió también muy joven, demasiado joven, a los 38 años, en un aparatoso accidente de auto en Buenos Aires. Uruguayo también, fue una estrella del tango en Argentina. Dicen las malas, perversas lenguas, que al varón del tango lo encontraron en el coche estrellado vestido de mujer. Julio Sosa tiene también una calle montevideana en su honor, más corta aún que la de Julio Maria, con solo dos manzanas de extensión. Ahora que la ubiqué en el mapa, debo tomar la decisión de si la voy a conocer algún día, porque la comparación con la calle más linda puede ser triste. Triste como un tango.
A diferencia de los nombres de otras calles de la ciudad, no me entró curiosidad de averiguar quién fue Julio Maria, hasta que en mi radio tanguera escuché al presentador anunciar que el tango que acababa de concluir era interpretado por "el varón del tango: Julio Sosa." Este apodo me causó hilaridad y secretamente desee que fuera el mismo Julio Sosa de mi calle. No pudo ser. Julio Maria fue un político del partido colorado que en alguna pelea se escindió del coloradismo para formar el Partido Colorado por la Tradición. Pésimo nombre, aunque pueda que sus intenciones hayan sido las de volver a las raíces del coloradismo, que es el liberalismo puro, en su época la opción política progresista.
La biografía de don Julio Maria toma un giro más interesante porque fue presidente de Peñarol entre 1921 y 1928. Su gestión en el club fue extraordinaria: causó una crisis en el fútbol uruguayo cuando Peñarol, entonces amateur, jugó un partido amistoso internacional contra Racing de Avellaneda, seguramente sin autorización de la Asociación, de la cual fue expulsado, por lo que don Julio Maria formó la Federación y continuó ganando campeonatos a diestra y siniestra, y organizó la primera gira de Peñarol por Europa, lo que podría haber sido la semilla para el primer mundial de fútbol, que fue dónde? En Uruguay!
Sosa dejó la presidencia de Peñarol en 1928 y salió muy bien, pues lo nombraron primer presidente honorario del club. Cabe la posibilidad de que se haya lanzado de cabeza a organizar el mundial del 30 y la milagrosa construcción del Estadio Centenario, que se hizo en solo 9 meses. Si estas especulaciones son ciertas, no les llamará la atención conocer que don Julio Maria falleció en 1931, un hombre joven a los 52 años. Sigo con mi fantasía y declaro que Sosa murió de agotamiento, pero feliz de haber gestionado eventos deportivos tan trascendentales.
Para terminar, debo reportar que el varón del tango murió también muy joven, demasiado joven, a los 38 años, en un aparatoso accidente de auto en Buenos Aires. Uruguayo también, fue una estrella del tango en Argentina. Dicen las malas, perversas lenguas, que al varón del tango lo encontraron en el coche estrellado vestido de mujer. Julio Sosa tiene también una calle montevideana en su honor, más corta aún que la de Julio Maria, con solo dos manzanas de extensión. Ahora que la ubiqué en el mapa, debo tomar la decisión de si la voy a conocer algún día, porque la comparación con la calle más linda puede ser triste. Triste como un tango.
Disculpas por la Pausa
Desde que me fui a Paris la segunda quincena de octubre, prácticamente he dejado este blog en suspenso. No crean que no he estado tratando de entender el por qué. Por un lado, ya les conté todas las grandes impresiones que tuve en los primeros tres meses acá. Si algo falta, será para pintarlo con un pincel más fino, para bordarlo con un punto más apretado. Por otro lado, es posible que esas vacaciones me llenaron la cabeza de otras imágenes, sonidos e ideas que al regreso me hicieron sentir que lo de acá pasó a ser una agradable rutina, no una aventura. Espero no haber perdido del todo la capacidad de asombro, la curiosidad por aprender y entender al Uruguay y al uruguayo, y que ustedes todavía tengan paciencia con mis relatos. He guardado para ustedes y comenzaré de inmediato a narrarles mis impresiones de mis más recientes vivencias en Montevideo, el confín del mundo, la última parada antes de la Antártida.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Hamlet Ruso
El 5 de diciembre asistí al estreno del Ballet Hamlet Ruso en el Teatro Sodre de Montevideo, donde se presenta la sinfónica, y montan las óperas y los ballets. Es un auditorio moderno, muy grande y con plena visibilidad del escenario desde todos los asientos, a diferencia del Teatro Solís que es antiguo, íntimo y con muchos asientos con visibilidad obstruida.
Se trata de una coreografía de los años 60 del ruso Boris Eifman, cuya obra no conocía. Eifman, nacido en el 46, es un coreógrafo revolucionario. Sus ballets son famosos porque combinan argumentos clásicos, con la exquisitez técnica de los bailarines rusos, con elementos visuales y de movimiento totalmente contemporáneos. El resultado es alucinante.
Se trata de una coreografía de los años 60 del ruso Boris Eifman, cuya obra no conocía. Eifman, nacido en el 46, es un coreógrafo revolucionario. Sus ballets son famosos porque combinan argumentos clásicos, con la exquisitez técnica de los bailarines rusos, con elementos visuales y de movimiento totalmente contemporáneos. El resultado es alucinante.
martes, 3 de diciembre de 2013
Karaoke
Estoy con los dientes destemplados. En alguna casa o departamento de la vecindad hay una fiesta y están haciendo karaoke. Creo que han arrendado el equipo de amplificación que usan para conciertos de rock, porque el volúmen es ensordecedor, máxime porque son los cantantes más desafinados del mundo. Se incrementa mi respeto por los concursantes de American Idol y The Voice, ya que temo que el 99% de los humanos cantamos tan feo como mis vecinos!
Tengo que confesar que a pesar de que me he desconectado de toda la cultura popular norteamericana, sigo pendiente de The Voice, a pesar de que detesto a Xtina. Lo bueno es que como no lo veo en vivo, puedo adelantar cada vez que ella toma la palabra.
Tengo que confesar que a pesar de que me he desconectado de toda la cultura popular norteamericana, sigo pendiente de The Voice, a pesar de que detesto a Xtina. Lo bueno es que como no lo veo en vivo, puedo adelantar cada vez que ella toma la palabra.
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