Regresamos a Washington. Antes del primero de agosto. Desde que lo supe, he comenzado a despedirme de Montevideo con nostalgia adelantada. Saboreando cada detalle. Ha sido un año magnífico. El mejor. (Aunque una espera que cada nuevo año sea mejor que el anterior). He disfrutado intensamente y trataré de seguirlo haciendo hasta el último minuto que me quede en la ciudad donde, parafraseando la vieja canción, queda enterrado mi corazón.
sábado, 3 de mayo de 2014
miércoles, 29 de enero de 2014
La Playa
Enero es el mes de la playa. Mientras Punta del Este se llena de argentinos y brasileños, los orientales se van a las playas de Rocha. Rocha es el último departamento de Uruguay por el lado de la costa antes de llegar a Brasil. Para llegar allá la carretera pasa por paisajes rurales preciosos: alguna que otra plantación de soya y olivares, pero la gran mayoría del viaje se ven inmensos pastizales con vacas coloradas y otras con ovejas recientemente trasquiladas. Lo que J que hizo caer en cuenta es que lo que lo hace aún más hermoso es que no hay gente. No hay vendedores a la vera del camino, no hay caseríos, solo unas pocas estaciones de policía, que son unas casas pintadas de azul con una bandera uruguaya y un letrero, y algunas escuelas rurales.
Hemos pasado en Rocha los dos últimos fines de semana. El primer fin de semana fuimos a explorar. Salimos el viernes de Montevideo a la salida del trabajo de J y llegamos a la playa Jose Ignacio (en Maldonado, no en Rocha) a las 7. José Ignacio es la playa chic del momento. La gente linda de Argentina va ahí. Es bastante recluida porque la carretera que llega ahí desde Punta se acaba después de algunos kilómetros más porque falta un puente para cruzar un lago. La playa es impecable. Tuvimos la suerte que el mar estaba tibio, así que estuvimos saltando olas por más de una hora. Después deshicimos camino y fuimos a Punta, donde habíamos contratado una habitación de hotel por internet.
A la mañana siguiente salimos hacia Rocha. Visitamos La Paloma, La Pedrera y Barra Valiza. Me encantó la Pedrera. El pueblito es bellísimo, estilo hippy-chic, con lugares muy agradables donde comer y casas pequeñas pero buenas. La Paloma no nos gustó. Es un pueblo más antiguo, seguramente, la primera playa de Rocha que se desarrolló y no tiene ninguna gracia, excepto una playa muy buena, pero todas las playas de Rocha son magníficas. Barra Valiza no nos gustó tampoco: puro hippy, nada chic. Muchas carpas, muchos jóvenes, mucha guitarra. La gracia de Barra Valiza son unas dunas espectaculares que uno siente que por detrás de una de ellas va a aparecer, en cualquier momento, Lawrence of Arabia a todo galope. Almas más aventureras que nosotros las atraviesan a pie y llegan a Cabo Polonio en tres horas. Cabo Polonio es la playa más espectacular que hemos conocido. Estuvimos ahí en navidad. Es un pueblo que solo se puede llegar a pie (a través de las dunas) o en unos camiones que salen desde el pie de la carretera y llevan al centro del pueblo en 30 minutos. Cabo Polonio es como me imagino un pueblo en la playa hace 100 años. Muy elemental. Está también lleno de hippies pero tiene dos cosas (aparte de la playa) que lo hacen encantador: es muy pintoresco y tiene una colonia gigantesca de lobos marinos en las rocas frente al faro.
El segundo fin de semana arrendamos una cabaña en La Pedrera. El clima fue atroz: vientos helados y las calles (de tierra) hechas un solo barrizal por todo lo que había llovido esa semana. Fue un paseo donde hubo mucho tiempo para la lectura. Comimos rico e hicimos otro paseo que me había llamado la atención de un folleto: visita a un bosque de ombúes. Estos árboles maravillosos (aunque se discute si son árboles o arbustos: tienen tamaño de árboles pero no tienen madera, son como hechos de láminas de cartulina) y centenarios merecen la pena una visita. Yo pienso aprovechar cada huésped que venga a Uruguay para volver a ir al bosque de ombúes.
Hemos pasado en Rocha los dos últimos fines de semana. El primer fin de semana fuimos a explorar. Salimos el viernes de Montevideo a la salida del trabajo de J y llegamos a la playa Jose Ignacio (en Maldonado, no en Rocha) a las 7. José Ignacio es la playa chic del momento. La gente linda de Argentina va ahí. Es bastante recluida porque la carretera que llega ahí desde Punta se acaba después de algunos kilómetros más porque falta un puente para cruzar un lago. La playa es impecable. Tuvimos la suerte que el mar estaba tibio, así que estuvimos saltando olas por más de una hora. Después deshicimos camino y fuimos a Punta, donde habíamos contratado una habitación de hotel por internet.
A la mañana siguiente salimos hacia Rocha. Visitamos La Paloma, La Pedrera y Barra Valiza. Me encantó la Pedrera. El pueblito es bellísimo, estilo hippy-chic, con lugares muy agradables donde comer y casas pequeñas pero buenas. La Paloma no nos gustó. Es un pueblo más antiguo, seguramente, la primera playa de Rocha que se desarrolló y no tiene ninguna gracia, excepto una playa muy buena, pero todas las playas de Rocha son magníficas. Barra Valiza no nos gustó tampoco: puro hippy, nada chic. Muchas carpas, muchos jóvenes, mucha guitarra. La gracia de Barra Valiza son unas dunas espectaculares que uno siente que por detrás de una de ellas va a aparecer, en cualquier momento, Lawrence of Arabia a todo galope. Almas más aventureras que nosotros las atraviesan a pie y llegan a Cabo Polonio en tres horas. Cabo Polonio es la playa más espectacular que hemos conocido. Estuvimos ahí en navidad. Es un pueblo que solo se puede llegar a pie (a través de las dunas) o en unos camiones que salen desde el pie de la carretera y llevan al centro del pueblo en 30 minutos. Cabo Polonio es como me imagino un pueblo en la playa hace 100 años. Muy elemental. Está también lleno de hippies pero tiene dos cosas (aparte de la playa) que lo hacen encantador: es muy pintoresco y tiene una colonia gigantesca de lobos marinos en las rocas frente al faro.
El segundo fin de semana arrendamos una cabaña en La Pedrera. El clima fue atroz: vientos helados y las calles (de tierra) hechas un solo barrizal por todo lo que había llovido esa semana. Fue un paseo donde hubo mucho tiempo para la lectura. Comimos rico e hicimos otro paseo que me había llamado la atención de un folleto: visita a un bosque de ombúes. Estos árboles maravillosos (aunque se discute si son árboles o arbustos: tienen tamaño de árboles pero no tienen madera, son como hechos de láminas de cartulina) y centenarios merecen la pena una visita. Yo pienso aprovechar cada huésped que venga a Uruguay para volver a ir al bosque de ombúes.
martes, 7 de enero de 2014
Spinning
Hoy fui a mi primera clase de spinning. Es una disciplina que incluye lo desagradable del ciclismo (pedalear) y excluye lo agradable (mirar el paisaje). Me imagino que a mí se me hizo más duro porque la última vez que anduve en bicicleta fue por Francia, con la Coqui, en 1990.
Llegué temprano, me acerqué a la profesora y le explique que era nueva en la disciplina. Ella me enseño cómo ajustar el sillín y los pedales y para qué lado girar una perilla que pone los pedales más o menos duros según se vaya indicando durante la clase. Llegaron otros cuatro participantes y comenzó la clase al ritmo ensordecedor de una música elegida para motivar a los ciclistas a que den el todo. Los primeros 15 minutos me sentía como Lance Armstrong. Los otros 45 fueron pura agonía, y eso que no pude seguir el ritmo de la clase y me pasé la mayor parte del tiempo en "recuperación" que es seguir pedaleando pero con la perilla en el nivel de cero resistencia.
Mi parte preferida de spinning es que cuando uno llega a la clase, hay una toalla limpia y fragante colocada sobre el manubrio de cada bicicleta estacionaria. Después descubrí que es una estrategia para que no se inunde la sala con el sudor de los ciclistas.
Hice también el hallazgo que la base de mi pelvis, esa que parece un antifaz, termina en dos puntas, si no no se explica por qué durante la clase sentía que me iba a perforar la parte adiposa de mi cuerpo que estaba en contacto con el sillín. Debe ser un defecto genético, porque no parecía afectar los traseros de los otros.
No puedo esperar a la próxima clase!
Llegué temprano, me acerqué a la profesora y le explique que era nueva en la disciplina. Ella me enseño cómo ajustar el sillín y los pedales y para qué lado girar una perilla que pone los pedales más o menos duros según se vaya indicando durante la clase. Llegaron otros cuatro participantes y comenzó la clase al ritmo ensordecedor de una música elegida para motivar a los ciclistas a que den el todo. Los primeros 15 minutos me sentía como Lance Armstrong. Los otros 45 fueron pura agonía, y eso que no pude seguir el ritmo de la clase y me pasé la mayor parte del tiempo en "recuperación" que es seguir pedaleando pero con la perilla en el nivel de cero resistencia.
Mi parte preferida de spinning es que cuando uno llega a la clase, hay una toalla limpia y fragante colocada sobre el manubrio de cada bicicleta estacionaria. Después descubrí que es una estrategia para que no se inunde la sala con el sudor de los ciclistas.
Hice también el hallazgo que la base de mi pelvis, esa que parece un antifaz, termina en dos puntas, si no no se explica por qué durante la clase sentía que me iba a perforar la parte adiposa de mi cuerpo que estaba en contacto con el sillín. Debe ser un defecto genético, porque no parecía afectar los traseros de los otros.
No puedo esperar a la próxima clase!
Corta de Lengua
Confieso que una de las ilusiones que me animaban antes de venir a Montevideo, era aprender a hablar rioplatense. Se trata, sin duda, de una lengua muy cercana al español que yo manejo. Y me apena reportar que no se me ha pegado ni un poquito, ni la entonación, ni el vocabulario, ni la inusual conjugación verbal.
Caballos!
Hoy fuimos al hipódromo a ver el gran clásico internacional que se corre cada 6 de enero (es feriado acá). A pesar de que las carreras de caballo me han gustado siempre, nunca había estado en un hipódromo.
Cuando era una niña muy pequeña y vivía en la California Norte, recuerdo que mi mamá compraba y sellaba en el abasto las boletas para el 5 y 6. Una ella, y otra mi papá. No sabría si mi mamá seguía las carreras por la tele o si más bien revisaba en el periódico si había acertado con su minúscula apuesta, que era técnicamente una lotería. Cuando nos cambiamos de barrio, creo que dejó el 5 y 6.
Me sorprendió que J accediera a acompañarme al hipódromo. Lo decidí esta misma tarde, no sabía cómo llegar, ni si íbamos a conseguir entrar. Sólo sabía el nombre del hipódromo y la hora de la carrera estelar, la número 17 de la noche, que partiría a las 20:50. Llegamos a las 19:00. Nos acercamos a la taquilla y compramos entradas para la tribuna oficial. Por el precio de la entrada nos daban una escarapela para colgarse al cuello y un programa de cien página papel couché a color. Hasta ahí todo bien, solo que había tanta gente que no había asientos, y hasta era difícil encontrar un lugar donde estar de pie!
A los 10 minutos de haber llegado largó la carrera número 16, que era de 1200 metros. Arrancó del otro lado de la pista y me electrocutó la visión de estos caballos corriendo. Es totalmente diferente en persona, aunque estoy segura de que mejor se ve por televisión, pues de los miles y miles de personas en el hipódromo, muchísimas estaban dentro del edificio mirando en monitores (y cómodamente sentados en el aire acondicionado).
Como quedaba mucho tiempo para la siguiente carrera, y en esa tribuna no había donde descansar, nos fuimos a explorar el hipódromo. La tribuna oficial está en el edificio más antiguo, construido en 1910, precioso. Hay otras dos tribunas más modernas con entradas más baratas. Cuando salimos del edificio principal, nos encontramos con las pesebreras donde estaban exhibiendo los caballos para la próxima carrera, en estricto orden, a un par de metros de unas pocas decenas de aficionados que estábamos ahí. Yo le miré los ojos a al favorito, Forgotten, que a mí me parecieron extrañamente sumisos (Paging Tyra!). Después de un ratito, los sacaron y dieron unas vueltita, aún desmontados, por un mini parque al pie de las pesebreras, donde los caballo pasaban a un metro de nosotros. Ahí me fijé que solo había un caballo con las patas sin vendar. Un alazán muy lindo llamado Hielo. Eso me dio muy buena espina, será que como yo soy de pata frágil, conozco en primera persona cuánto duelen los tendones de los tobillos, y el tenue alivio que brindan las tobilleras...
Cuando se llevaron los caballos a la pista, nos dirigimos a la tribuna para ver la carrera. A duras penas encontramos unos centímetros en una grada donde pararnos. Hay latas de sardinas que tienen más espacio que esa tribuna a la hora de la largada de este clásico. Esta carrera era de 2400 metros, así que los caballos pasaron dos veces frente a nosotros. Durante unos minutos las tribunas se hincharon de gritos y nervios. En la última curva, la que estaba más alejada de nuestro puesto cerca de la llegada, tomó la punta y se comenzó a despegar: Hielo!!! Forgotten lo persiguió pero no lo pudo alcanzar, y como su nombre lo presagia, el segundo puesto lo destina al olvido.
Había tres carreras más y hubiéramos podido ir a inspeccionar los siguiente caballitos, pero ya era hora de volver a casa. Demasiadas emociones para una sola tarde de verano. Al final del programa está el calendario hípico para el resto del año y creo que todos los fines de semana hay carreras. J no va a regresar nunca más, espantado por la multitud e incomodidad, pero yo no puedo esperar para volver. Así que vénganme a visitar para tener una buena excusa. Les va a encantar!
Cuando era una niña muy pequeña y vivía en la California Norte, recuerdo que mi mamá compraba y sellaba en el abasto las boletas para el 5 y 6. Una ella, y otra mi papá. No sabría si mi mamá seguía las carreras por la tele o si más bien revisaba en el periódico si había acertado con su minúscula apuesta, que era técnicamente una lotería. Cuando nos cambiamos de barrio, creo que dejó el 5 y 6.
Me sorprendió que J accediera a acompañarme al hipódromo. Lo decidí esta misma tarde, no sabía cómo llegar, ni si íbamos a conseguir entrar. Sólo sabía el nombre del hipódromo y la hora de la carrera estelar, la número 17 de la noche, que partiría a las 20:50. Llegamos a las 19:00. Nos acercamos a la taquilla y compramos entradas para la tribuna oficial. Por el precio de la entrada nos daban una escarapela para colgarse al cuello y un programa de cien página papel couché a color. Hasta ahí todo bien, solo que había tanta gente que no había asientos, y hasta era difícil encontrar un lugar donde estar de pie!
A los 10 minutos de haber llegado largó la carrera número 16, que era de 1200 metros. Arrancó del otro lado de la pista y me electrocutó la visión de estos caballos corriendo. Es totalmente diferente en persona, aunque estoy segura de que mejor se ve por televisión, pues de los miles y miles de personas en el hipódromo, muchísimas estaban dentro del edificio mirando en monitores (y cómodamente sentados en el aire acondicionado).
Como quedaba mucho tiempo para la siguiente carrera, y en esa tribuna no había donde descansar, nos fuimos a explorar el hipódromo. La tribuna oficial está en el edificio más antiguo, construido en 1910, precioso. Hay otras dos tribunas más modernas con entradas más baratas. Cuando salimos del edificio principal, nos encontramos con las pesebreras donde estaban exhibiendo los caballos para la próxima carrera, en estricto orden, a un par de metros de unas pocas decenas de aficionados que estábamos ahí. Yo le miré los ojos a al favorito, Forgotten, que a mí me parecieron extrañamente sumisos (Paging Tyra!). Después de un ratito, los sacaron y dieron unas vueltita, aún desmontados, por un mini parque al pie de las pesebreras, donde los caballo pasaban a un metro de nosotros. Ahí me fijé que solo había un caballo con las patas sin vendar. Un alazán muy lindo llamado Hielo. Eso me dio muy buena espina, será que como yo soy de pata frágil, conozco en primera persona cuánto duelen los tendones de los tobillos, y el tenue alivio que brindan las tobilleras...
Cuando se llevaron los caballos a la pista, nos dirigimos a la tribuna para ver la carrera. A duras penas encontramos unos centímetros en una grada donde pararnos. Hay latas de sardinas que tienen más espacio que esa tribuna a la hora de la largada de este clásico. Esta carrera era de 2400 metros, así que los caballos pasaron dos veces frente a nosotros. Durante unos minutos las tribunas se hincharon de gritos y nervios. En la última curva, la que estaba más alejada de nuestro puesto cerca de la llegada, tomó la punta y se comenzó a despegar: Hielo!!! Forgotten lo persiguió pero no lo pudo alcanzar, y como su nombre lo presagia, el segundo puesto lo destina al olvido.
Había tres carreras más y hubiéramos podido ir a inspeccionar los siguiente caballitos, pero ya era hora de volver a casa. Demasiadas emociones para una sola tarde de verano. Al final del programa está el calendario hípico para el resto del año y creo que todos los fines de semana hay carreras. J no va a regresar nunca más, espantado por la multitud e incomodidad, pero yo no puedo esperar para volver. Así que vénganme a visitar para tener una buena excusa. Les va a encantar!
viernes, 3 de enero de 2014
Año viejo, año nuevo
Los últimos días de diciembre pensé que me iba a derretir. Temperaturas exteriores de 34 a 37 centígrados. Ni una nube en en cielo para distraer los rayos del sol. Y en el departamento ni aire acondicionado, ni ventilador, ni siquiera un abanico. Un verdadero suplicio.
El 30 compré un ventilador en la Tienda Inglesa. Acá cuando uno pregunta dónde comprar algo, la respuesta es siempre la Tienda Inglesa. No hay una Tienda Inglesa cerca de donde yo vivo. Una vez me fui en bus a conocer este emporio de todo lo que uno pueda necesitar y me dejó fría. Pero cuando pregunté dónde podía conseguir un ventilador, ya debí haber anticipado que la respuesta iba a ser Tienda Inglesa.
Mi ventilador, que me sigue por toda la casa, es similar al que tenía en Washington, una torrecita blanca discreta y según el vendedor, muy silencioso. Espero que quien haya heredado mi ventilador en Washington, sepa que tiene un gran producto contra el bochorno.
El 31 tuvimos que esperar hasta la noche para que refresque y podamos ir a caminar por la rambla. A las 10 y media la rambla estaba casi desierta, cuando lo común es que a cualquier hora esté abarrotada. Y lo más impresionante es que la mayoría de los edificios estaban totalmente oscuros. Otros tenían un solo departamento con luz. Nos imaginamos que los residentes de estos departamentos con vista al mar estaban en Punta del Este para las fiestas, pero no se puede ir un millón y medio de gentes de una ciudad.
Regresamos al departamento y J sacó los quesitos, el prosciutto de Parma y las aceitunas y abrió el champagne. Y hasta ahí la fiesta, porque nos pusimos a ver una película en la tele. Hasta que a 5 para las 12 comenzó a reventar la pólvora. Un magno espectáculo, que nos hizo correr de ventana en ventana. Qué bellos colores, qué ruido tan alegre, y qué cantidad de explosiones! Los fuegos artificiales siguieron increíblemente durante más de media hora. Y acá la intendencia no participa, eran particulares que se gastaron su propia plata para que se queme en coloridas chispas contra el cielo azabache.
El 1 de enero, por la noche, comenzó a llover. Y siguió lloviendo y lloviendo como si nunca fuese a parar. El 2 la lluvia era portentosa, como para ponerse a escribir una novela de fragatas y bucaneros. La niebla espesa, el viento aullando. Nunca he disfrutado tanto un clima tan espantoso. Porque por fin refrescó.
El 30 compré un ventilador en la Tienda Inglesa. Acá cuando uno pregunta dónde comprar algo, la respuesta es siempre la Tienda Inglesa. No hay una Tienda Inglesa cerca de donde yo vivo. Una vez me fui en bus a conocer este emporio de todo lo que uno pueda necesitar y me dejó fría. Pero cuando pregunté dónde podía conseguir un ventilador, ya debí haber anticipado que la respuesta iba a ser Tienda Inglesa.
Mi ventilador, que me sigue por toda la casa, es similar al que tenía en Washington, una torrecita blanca discreta y según el vendedor, muy silencioso. Espero que quien haya heredado mi ventilador en Washington, sepa que tiene un gran producto contra el bochorno.
El 31 tuvimos que esperar hasta la noche para que refresque y podamos ir a caminar por la rambla. A las 10 y media la rambla estaba casi desierta, cuando lo común es que a cualquier hora esté abarrotada. Y lo más impresionante es que la mayoría de los edificios estaban totalmente oscuros. Otros tenían un solo departamento con luz. Nos imaginamos que los residentes de estos departamentos con vista al mar estaban en Punta del Este para las fiestas, pero no se puede ir un millón y medio de gentes de una ciudad.
Regresamos al departamento y J sacó los quesitos, el prosciutto de Parma y las aceitunas y abrió el champagne. Y hasta ahí la fiesta, porque nos pusimos a ver una película en la tele. Hasta que a 5 para las 12 comenzó a reventar la pólvora. Un magno espectáculo, que nos hizo correr de ventana en ventana. Qué bellos colores, qué ruido tan alegre, y qué cantidad de explosiones! Los fuegos artificiales siguieron increíblemente durante más de media hora. Y acá la intendencia no participa, eran particulares que se gastaron su propia plata para que se queme en coloridas chispas contra el cielo azabache.
El 1 de enero, por la noche, comenzó a llover. Y siguió lloviendo y lloviendo como si nunca fuese a parar. El 2 la lluvia era portentosa, como para ponerse a escribir una novela de fragatas y bucaneros. La niebla espesa, el viento aullando. Nunca he disfrutado tanto un clima tan espantoso. Porque por fin refrescó.
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