Me causó gracia la semana pasada cuando mi mamá me preguntaba si había por acá alguna fruta de estación, similar a lo que pasa en Chile con algunas frutas que están disponibles solo en micro-temporadas.
Mi mamá no entiende Uruguay. Y no tiene por qué entenderlo, no creo que haya estado acá más de un día o dos en su vida. Uruguay no es lugar de sutilezas. No hace falta más que una visita a un supermercado y una comida en un restaurante para verificarlo. Acá las frutas disponibles son las misma que se encuentran en los libros que lee Charlie Pardo: manzana, naranja, banana, ciruela. Y solo hay una clase de manzana, naranja, banana, ciruela. Ahora en primavera, hay duraznos. Una montaña de duraznos, todos iguales. En los restaurantes hay carne, pollo, pescado. Generalmente con papas fritas (se les dice solo fritas, y siempre son iguales de deliciosas). Hay pasta también. Y el pescado es pescado, blanco, sin identidad, ya sea apanado, a la marinera (enharinado y frito) o grillado (así se dice). Ensalada es sin temor a equivocarse, mixta de lechuga tomate y cebolla. Un sánduche comprende triángulos de pan blanco con una loncha de jamón y una de queso.
En el único rubro alimentario donde hay variedad es en las tartas (hay tanta variedad que algunas personas le dicen tartas y otras tortas). La tarta es un quiche sobre una masa. En los contenidos de las tartas es donde se aplica la creatividad oriental. De zapallitos, de verduras mixtas, de cebolla, de brócoli, de cualquier cosa. Me imagino que no todas son vegetarianas, especialmente acá donde le meten jamón y panceta a todo, como si creciera en los árboles (panceta le dicen al tocino). Otra área de variedad culinaria son las empanadas. Si se les ocurre algo que se pueda meter dentro de una masa para convertirla en empanada estará a la venta. Y el premio se lo lleva el Chivito, que es el equivalente oriental de la hamburguesa: un emparedado que además de un pedazo de lomo frito de res tiene todo lo que les entre entre dos panes. Es como una explosión volcánica de comida. A mi me intimida tanto el chivito que nunca lo he probado.
Cuando la gente sale a comer, la opción es carne o italiano. O La Pasiva. Creo que ya les conté de La Pasiva, un emporio de la comida, cuya variada y voluminosa carta es el orgullo del pueblo uruguayo. J y yo (y todos los uruguayos) tenemos a la pasiva como default. Está en todos lados, tiene unos comedores con muchas mesas así que siempre hay puesto, y es último en cerrar. Los otros restaurantes tienen horarios rarísimos y es común encontrarlo cerrado cuando uno tiene hambre. No así La Pasiva. Yo a veces voy sola y me siento en la barra, donde puedo supervisar cómo fríen mi pescado y preparan mi licuado de naranja y durazno de lata (nectar de los dioses).
Así que la respuesta es no, no hay delicadas frutas para degustar, ni gastronomía creativa, ni infinita variedad de nada. Acá cada uno tiene un puñado de lugares donde va siempre y ya sabe qué va a pedir en cada uno. Uno de los nuestros se llama Bar Lobo. Queda a tres cuadras de la casa y conocemos a todos los que trabajan allí. Saludamos con beso y nos contamos cosas. Ya saben que L pide el ceviche (actualmente es ceviche con durazno, pero cuando se acabe la temporada de duraznos...), que J siempre se decide por asado de tira jugoso y que yo no voy a querer el margarita que me prepara Lucia, la administradora y barwoman. Ismael, el sommelier, ya sabe los vinos que me gustan y siempre hablamos de Peñarol. Manuel, uno de los meseros, me dijo la otra noche que por supuesto que nos encontraban mesa aunque estaba el lugar reventando de gente: ustedes son de la casa, fue lo que dijo. Considero que esto compensa la falta de sofisticación culinaria y variedad de productos exóticos.