martes, 17 de diciembre de 2013

Calor

Me enteré por mi mamá que hay una ola de calor en Montevideo. Como yo detesto tanto el frio y la oscuridad del invierno, trato de disfrutar a plenitud el verano, alegrándome de cada grado que escala el termómetro y mandando a callar a quien sea que comienza a quejarse que que hace mucho calor. 

Recién hace dos noches sentí un bochorno asfixiante mientras dormía. Cosa rara, no había ni un poquito de brisa, acá donde los vientos del sur aúllan a cualquier hora. J, que es una persona maravillosa y comparado conmigo, que soy un manojo de neurosis, tiene pocos temas, detesta el aire acondicionado y ni siquiera tolera el ventilador. Así que estoy acostumbrada a dormir con calor. Calor de Washington en Agosto, Calor de Santa Marta, Calor de cualquier lado. 

En Washington tenía un ventilador silencioso y discreto que sacaba de su escondite de vez en cuando y tenía que colocar en un ángulo preciso para que a J no le llegue ni un soplidito de viento. Ese ventilador se lo regalé a alguien antes de venir. Espero que le sirva, pues yo lo extraño mucho y debí de haberlo traído (también extraño mi aspiradora Dyson, pero ese es otra historia para el blog). 

Hoy fui al shopping dispuesta a comprar un ventilador, pensando que el verdadero verano recién comienza oficialmente la próxima semana y que estos próximos tres meses pueden ser dantescos. Anoche se agotaron los ventiladores. En todas las tiendas. Todos los montevideanos pensaron lo mismo que yo y corrieron a comprarse los ventiladores en stock. Pa! (como dicen acá para expresar sorpresas desagradables). Un vendedor me dijo que todo el día esperaban un camión con más ventiladores, pero que vaya después de las 20 horas a ver si llegaba. En otra tienda vendían un aparato intrigante: un híbrido entre ventilador y acondicionador, que funciona con agua y que se pone dentro de la habitación a enfriar, pero que tiene que colocarse delante de una ventana abierta para que salga el aire caliente que echa por detrás. No me convenció. Además no había uno de muestra, así que no podía evaluar cuánto ruido hace, para ver si el heredero del oído de Mozart lo iba a permitir. Porque aparte de temerle al chiflón, a J el ruido que hace cualquier aparato le parece insoportable.

Así que tengo la ventana de la habitación lo suficientemente abierta para que entre alguna brisa compasiva pero no lo suficiente para invitar a pasar a esas palomas gordas que pululan por estos lares. Ya he oído a Annabelle informarme muchas veces que los únicos seres que vuelan de noche son los murciélagos, pero como no tengo frutas en la cama, a menos que aparezca un vampiro, no creo que corra riesgos.

El jueves regresa J de Punta. Se fue con A a recibir la casa que hemos alquilado esta segunda quincena de diciembre para pasar navidad allá. El sábado nos vamos todos, incluidos unos sobrinos de J que vienen de visita. Hago votos porque la brisa en Punta esté alborotada.