viernes, 3 de enero de 2014

Año viejo, año nuevo

Los últimos días de diciembre pensé que me iba a derretir. Temperaturas exteriores de 34 a 37 centígrados. Ni una nube en en cielo para distraer los rayos del sol. Y en el departamento ni aire acondicionado, ni ventilador, ni siquiera un abanico. Un verdadero suplicio.

El 30 compré un ventilador en la Tienda Inglesa. Acá cuando uno pregunta dónde comprar algo, la respuesta es siempre la Tienda Inglesa. No hay una Tienda Inglesa cerca de donde yo vivo. Una vez me fui en bus a conocer este emporio de todo lo que uno pueda necesitar y me dejó fría. Pero cuando pregunté dónde podía conseguir un ventilador, ya debí haber anticipado que la respuesta iba a ser Tienda Inglesa. 

Mi ventilador, que me sigue por toda la casa, es similar al que tenía en Washington, una torrecita blanca discreta y según el vendedor, muy silencioso. Espero que quien haya heredado mi ventilador en Washington, sepa que tiene un gran producto contra el bochorno.

El 31 tuvimos que esperar hasta la noche para que refresque y podamos ir a caminar por la rambla. A las 10 y media la rambla estaba casi desierta, cuando lo común es que a cualquier hora esté abarrotada. Y lo más impresionante es que la mayoría de los edificios estaban totalmente oscuros. Otros tenían un solo departamento con luz. Nos imaginamos que los residentes de estos departamentos con vista al mar estaban en Punta del Este para las fiestas, pero no se puede ir un millón y medio de gentes de una ciudad.

Regresamos al departamento y J sacó los quesitos, el prosciutto de Parma y las aceitunas y abrió el champagne. Y hasta ahí la fiesta, porque nos pusimos a ver una película en la tele. Hasta que a 5 para las 12 comenzó a reventar la pólvora. Un magno espectáculo, que nos hizo correr de ventana en ventana. Qué bellos colores, qué ruido tan alegre, y qué cantidad de explosiones! Los fuegos artificiales siguieron increíblemente durante más de media hora. Y acá la intendencia no participa, eran particulares que se gastaron su propia plata para que se queme en coloridas chispas contra el cielo azabache. 

El 1 de enero, por la noche, comenzó a llover. Y siguió lloviendo y lloviendo como si nunca fuese a parar. El 2 la lluvia era portentosa, como para ponerse a escribir una novela de fragatas y bucaneros. La niebla espesa, el viento aullando. Nunca he disfrutado tanto un clima tan espantoso. Porque por fin refrescó.