martes, 7 de enero de 2014

Spinning

Hoy fui a mi primera clase de spinning. Es una disciplina que incluye lo desagradable del ciclismo (pedalear) y excluye lo agradable (mirar el paisaje). Me imagino que a mí se me hizo más duro porque la última vez que anduve en bicicleta fue por Francia, con la Coqui, en 1990. 

Llegué temprano, me acerqué a la profesora y le explique que era nueva en la disciplina. Ella me enseño cómo ajustar el sillín y los pedales y para qué lado girar una perilla que pone los pedales más o menos duros según se vaya indicando durante la clase. Llegaron otros cuatro participantes y comenzó la clase al ritmo ensordecedor de una música elegida para motivar a los ciclistas a que den el todo. Los primeros 15 minutos me sentía como Lance Armstrong. Los otros 45 fueron pura agonía, y eso que no pude seguir el ritmo de la clase y me pasé la mayor parte del tiempo en "recuperación" que es seguir pedaleando pero con la perilla en el nivel de cero resistencia. 

Mi parte preferida de spinning es que cuando uno llega a la clase, hay una toalla limpia y fragante colocada sobre el manubrio de cada bicicleta estacionaria. Después descubrí que es una estrategia para que no se inunde la sala con el sudor de los ciclistas.

Hice también el hallazgo que la base de mi pelvis, esa que parece un antifaz, termina en dos puntas, si no no se explica por qué durante la clase sentía que me iba a perforar la parte adiposa de mi cuerpo que estaba en contacto con el sillín. Debe ser un defecto genético, porque no parecía afectar los traseros de los otros. 

No puedo esperar a la próxima clase!