Enero es el mes de la playa. Mientras Punta del Este se llena de argentinos y brasileños, los orientales se van a las playas de Rocha. Rocha es el último departamento de Uruguay por el lado de la costa antes de llegar a Brasil. Para llegar allá la carretera pasa por paisajes rurales preciosos: alguna que otra plantación de soya y olivares, pero la gran mayoría del viaje se ven inmensos pastizales con vacas coloradas y otras con ovejas recientemente trasquiladas. Lo que J que hizo caer en cuenta es que lo que lo hace aún más hermoso es que no hay gente. No hay vendedores a la vera del camino, no hay caseríos, solo unas pocas estaciones de policía, que son unas casas pintadas de azul con una bandera uruguaya y un letrero, y algunas escuelas rurales.
Hemos pasado en Rocha los dos últimos fines de semana. El primer fin de semana fuimos a explorar. Salimos el viernes de Montevideo a la salida del trabajo de J y llegamos a la playa Jose Ignacio (en Maldonado, no en Rocha) a las 7. José Ignacio es la playa chic del momento. La gente linda de Argentina va ahí. Es bastante recluida porque la carretera que llega ahí desde Punta se acaba después de algunos kilómetros más porque falta un puente para cruzar un lago. La playa es impecable. Tuvimos la suerte que el mar estaba tibio, así que estuvimos saltando olas por más de una hora. Después deshicimos camino y fuimos a Punta, donde habíamos contratado una habitación de hotel por internet.
A la mañana siguiente salimos hacia Rocha. Visitamos La Paloma, La Pedrera y Barra Valiza. Me encantó la Pedrera. El pueblito es bellísimo, estilo hippy-chic, con lugares muy agradables donde comer y casas pequeñas pero buenas. La Paloma no nos gustó. Es un pueblo más antiguo, seguramente, la primera playa de Rocha que se desarrolló y no tiene ninguna gracia, excepto una playa muy buena, pero todas las playas de Rocha son magníficas. Barra Valiza no nos gustó tampoco: puro hippy, nada chic. Muchas carpas, muchos jóvenes, mucha guitarra. La gracia de Barra Valiza son unas dunas espectaculares que uno siente que por detrás de una de ellas va a aparecer, en cualquier momento, Lawrence of Arabia a todo galope. Almas más aventureras que nosotros las atraviesan a pie y llegan a Cabo Polonio en tres horas. Cabo Polonio es la playa más espectacular que hemos conocido. Estuvimos ahí en navidad. Es un pueblo que solo se puede llegar a pie (a través de las dunas) o en unos camiones que salen desde el pie de la carretera y llevan al centro del pueblo en 30 minutos. Cabo Polonio es como me imagino un pueblo en la playa hace 100 años. Muy elemental. Está también lleno de hippies pero tiene dos cosas (aparte de la playa) que lo hacen encantador: es muy pintoresco y tiene una colonia gigantesca de lobos marinos en las rocas frente al faro.
El segundo fin de semana arrendamos una cabaña en La Pedrera. El clima fue atroz: vientos helados y las calles (de tierra) hechas un solo barrizal por todo lo que había llovido esa semana. Fue un paseo donde hubo mucho tiempo para la lectura. Comimos rico e hicimos otro paseo que me había llamado la atención de un folleto: visita a un bosque de ombúes. Estos árboles maravillosos (aunque se discute si son árboles o arbustos: tienen tamaño de árboles pero no tienen madera, son como hechos de láminas de cartulina) y centenarios merecen la pena una visita. Yo pienso aprovechar cada huésped que venga a Uruguay para volver a ir al bosque de ombúes.