Hoy fuimos al hipódromo a ver el gran clásico internacional que se corre cada 6 de enero (es feriado acá). A pesar de que las carreras de caballo me han gustado siempre, nunca había estado en un hipódromo.
Cuando era una niña muy pequeña y vivía en la California Norte, recuerdo que mi mamá compraba y sellaba en el abasto las boletas para el 5 y 6. Una ella, y otra mi papá. No sabría si mi mamá seguía las carreras por la tele o si más bien revisaba en el periódico si había acertado con su minúscula apuesta, que era técnicamente una lotería. Cuando nos cambiamos de barrio, creo que dejó el 5 y 6.
Me sorprendió que J accediera a acompañarme al hipódromo. Lo decidí esta misma tarde, no sabía cómo llegar, ni si íbamos a conseguir entrar. Sólo sabía el nombre del hipódromo y la hora de la carrera estelar, la número 17 de la noche, que partiría a las 20:50. Llegamos a las 19:00. Nos acercamos a la taquilla y compramos entradas para la tribuna oficial. Por el precio de la entrada nos daban una escarapela para colgarse al cuello y un programa de cien página papel couché a color. Hasta ahí todo bien, solo que había tanta gente que no había asientos, y hasta era difícil encontrar un lugar donde estar de pie!
A los 10 minutos de haber llegado largó la carrera número 16, que era de 1200 metros. Arrancó del otro lado de la pista y me electrocutó la visión de estos caballos corriendo. Es totalmente diferente en persona, aunque estoy segura de que mejor se ve por televisión, pues de los miles y miles de personas en el hipódromo, muchísimas estaban dentro del edificio mirando en monitores (y cómodamente sentados en el aire acondicionado).
Como quedaba mucho tiempo para la siguiente carrera, y en esa tribuna no había donde descansar, nos fuimos a explorar el hipódromo. La tribuna oficial está en el edificio más antiguo, construido en 1910, precioso. Hay otras dos tribunas más modernas con entradas más baratas. Cuando salimos del edificio principal, nos encontramos con las pesebreras donde estaban exhibiendo los caballos para la próxima carrera, en estricto orden, a un par de metros de unas pocas decenas de aficionados que estábamos ahí. Yo le miré los ojos a al favorito, Forgotten, que a mí me parecieron extrañamente sumisos (Paging Tyra!). Después de un ratito, los sacaron y dieron unas vueltita, aún desmontados, por un mini parque al pie de las pesebreras, donde los caballo pasaban a un metro de nosotros. Ahí me fijé que solo había un caballo con las patas sin vendar. Un alazán muy lindo llamado Hielo. Eso me dio muy buena espina, será que como yo soy de pata frágil, conozco en primera persona cuánto duelen los tendones de los tobillos, y el tenue alivio que brindan las tobilleras...
Cuando se llevaron los caballos a la pista, nos dirigimos a la tribuna para ver la carrera. A duras penas encontramos unos centímetros en una grada donde pararnos. Hay latas de sardinas que tienen más espacio que esa tribuna a la hora de la largada de este clásico. Esta carrera era de 2400 metros, así que los caballos pasaron dos veces frente a nosotros. Durante unos minutos las tribunas se hincharon de gritos y nervios. En la última curva, la que estaba más alejada de nuestro puesto cerca de la llegada, tomó la punta y se comenzó a despegar: Hielo!!! Forgotten lo persiguió pero no lo pudo alcanzar, y como su nombre lo presagia, el segundo puesto lo destina al olvido.
Había tres carreras más y hubiéramos podido ir a inspeccionar los siguiente caballitos, pero ya era hora de volver a casa. Demasiadas emociones para una sola tarde de verano. Al final del programa está el calendario hípico para el resto del año y creo que todos los fines de semana hay carreras. J no va a regresar nunca más, espantado por la multitud e incomodidad, pero yo no puedo esperar para volver. Así que vénganme a visitar para tener una buena excusa. Les va a encantar!