sábado, 2 de noviembre de 2013

Volver, con la frente marchita...

He estado fuera dos semanas. En Paris, la ciudad más hermosa de todas, sin competencia. Fue una fiesta para mis ojos. Disfruté intensamente cada momento, y por primera vez en un viaje, comí muy muy bien. 

Yo siempre como cualquier cosa rápida y barata cuando viajo, nunca me ha parecido algo importante. Tampoco es que como McDonalds, aunque visito sus baños. En este viaje hicimos con J una buena comida al día, en restaurantes de comida tradicional francesa, esos que hay en cada barrio, casi en cada cuadra. Algunas comidas fueron extraordinarias, otras solo buenas, pero es infinitamente mejor que comer solo sánduches y frutas y crepes. 

Lo que aburre es vivir de una maleta. Especialmente de una maleta diminuta como la mía, donde cada prenda hay que pensarla para que forme parte de varios atuendos. Y por ejemplo, en una aceptación a mis limitaciones físicas, solo llevé los zapatos puestos, unos sneakers comodísimos con sus sendas plantillas ortopédicas. Digamos que fui una fucking gringa caminando por Paris, como las que yo siempre he criticado. 

Caminé mucho, más de lo que mis fuerzas me permitían. Me empecé a sentir mal en el vuelo a europa y se convirtió en una infección viral de garganta muy complicada que me noqueó y que hasta ahora no puedo superar completamente. Pero no iba a dejar que el dolor y la enfermedad me aguaran el viaje, así que me dediqué a comprar drogas en las farmacias de Paris. Siquiera cien euros en productos varios de la industria farmacéutica gala: jarabes, grageas, pastillas, sachets, gotas... hasta que finalmente descubrí lo que ya saben multitudes: que lo único que sirve para aliviar los estragos de un virus es tomar puntualmente acetamiophen (paracetamol en Paris, con la erre gutural) y descansar. (Por si acaso, no crean que saqué un título de médico online, es que J ya había estado la semana anterior al viaje siete horas en la emergencia del hospital porque no aguantaba el dolor de garganta y le hicieron todas las pruebas, por eso sabíamos que era un virus).

Lo que no pude caminar, lo hice en bus de linea. Ya en mi viaje pasado a Paris aprendí a tomar buses en contra del instinto de tomar metro, un método de transporte muchísimo más eficiente. Pero la vista en bus es infinitamente mejor, y una se evita navegar escaleras y túneles. Y debo reportar para las que han viajado conmigo, que por primera vez, una tarde y noche salí sin mapa!!! (si, tres signos de admiración). Fue una experiencia liberadora, pero no creo que voy a liberarme tanto, me gusta saber donde estoy y planificar mis siguientes pasos, que le vamos a hacer. Acá en Montevideo, llevo el mapa siempre en la cartera. Para las lectoras de este blog que viven en países 4G, el mapa es un rezago de la antigüedad, pero mi realidad sigue siendo un baile entre lo analógico y lo digital, créanlo o no.

Ya para el miércoles de esta semana, estaba lista para volver a casa. J se había regresado el sábado, y aunque confieso que viajar sola es delicioso, llega un momento en el que la cabeza está demasiado llena de ideas y sensaciones inexpresadas.

Anoche, luego de pasar 24 horas en Madrid, la mayoría de las cuales estuve enclaustrada en el Museo del Prado, entregada a la felicidad absoluta, me embarqué en esas latas de sardinas a las que le decimos aviones, por eso de que vuelan por el aire y atraviesan océanos. Pasé trece horas incómoda y con los oídos muy afectados por cada cambio de presión, sin que el chicle ayudara en nada. Solo la lectura de Alice Munro y de un librito que compré en el Prado sobre Velásquez apasiguaron la claustrofobia.

Montevideo me recibió con una niebla espesa, que tuvo a dos avionzotes sobrevolando la ciudad. Al salir de la aduana me esperaba entre la multitud el rostro sonriente de J. El clima sigue sombrío y la niebla se ha tragado mi vista al mar. Este fin de semana será de recogimiento. Por un lado, el cerebro necesita procesar todo lo acumulado en los últimos quince días. Por otro, tengo que recuperarme: del cansancio de viajar y de la maldita enfermedad. Ya me reconciliaré con Montevideo, que comprendo que puede estar resentida por mi ausencia.